sábado 4 de julio de 2009

XVII y final

Anunciaron con altoparlante que había un ahogado y yo temí por Pablo. Entre la confusión surgieron varias hipótesis, aunque la más difundida se refería a un pleito de pareja. El despecho conduce al crimen como primera salida. Dos golpes, un acuchillamiento. Riña dispar, como escorpiones en disputa. El más pequeño tiene su carácter; pincha con tino. Dolor y furia. La respuesta es abrumadora, por lo que difícilmente podrá contener el embate sin desfallecer; pero el acierto es anticiparse con inteligencia sobre cualquier otra fuerza. La segunda lanzada es mortal y ambos cuerpos caen trenzados —en sincronía— hacia las profundidades enfangadas. Sólo uno emerge vivo.

El cadáver es de una muchacha. Se vence el gancho de la grúa y el bulto vuelve a sumergirse. Un espontáneo salta (¡es él!). Dos minutos que parecen eternos. Asoma la mano lánguida. Con un brazo avanza y con el otro sostiene a la semidesnuda marioneta que lo arrastra hacia abajo. Pantaletas y corpiño. Piel brillante. Miembros laxos en donde se entrelazan negras algas como aberrantes cabelleras. Boqueando se aproxima al buque el hábil nadador. Jala su fardo. La entrega y se la reciben. Ensayan la reanimación. Inútil. Masaje cardiovascular. Nada. Respiración artificial. Sin respuesta. Fricciones de manos anónimas que no consiguen devolverle el aliento. Pablo llora desconsolado. Ríchar, lívido, balbucea incoherencias. La voluntaria del ERUM es recogida por cuatro de sus compañeros, quienes delegan a la suerte la responsabilidad de avisarle a los padres, urdiendo entre todos una razón (al menos creíble) que justifique su desgracia en cumplimiento del deber.

—¡Qué poca!... y todo por un ancla atorada. La vida nos encauza por vías misteriosas.

—¡No digas mamadas, pinche místico! Ora cómo me voy a sacar el pedote de encima.

—Si quieres, yo te ayudo. Sólo un empujoncito y ya verás.

Ríchar intenta darme un manazo, pero asume por mis vendajes que yo soy otra víctima de esa noche. Le conviene no acarrear más problemas. Se llevan el cuerpo entre aullidos de sirena mientras que Pablo, erguido a medias como un gladiador cristiano de la antigüedad, recibe la ovación del coliseo. Lloro al verlo llorar. Lo acompaño en el sentimiento cuando impotente se mira las manos que no lograron jamás su cometido. Se desata el cinturón y flagela su espalda. Los cardenales lo surcan, provocados por la punta lacerante de la hebilla. Es un acto de liberación, su forma de redimirse ante el fracaso. Al fin vencido, aunque para los hombres siga siendo imbatible.

—¡Estaba viva, pinche güero!

—Lo sé, pero no es tu culpa. Sécate esas lágrimas que pareces marica.

—¡Me vale madres! ¡Lloro porque me nace de los güevos!

—Créeme que pocos pueden decirlo... te admiro, güey. Eres el puto más verga que he conocido.

—¡Que la chingada! Pude haberla salvado. Soy una mierda... menos que eso.

—Ni hablar, no eres dios... era imposible, ya subió muerta.

—No güey, lo estaba desde antes. Yo la estrangulé. Cuando llegó con el grupo de rescate me le acerqué y comentó que nadie iba a bajar. No traían el equipo y siempre deben hacerlo por parejas. Después te hirieron y todo fue un desastre. La jalé a platicar en donde nadie nos viera. ¡Se parecía tanto a ella! Le hice el amor… ¿me entiendes cabrón? ¡¡el amor!! La besé, la abracé y la maté. Con estas manos. ¡Putísima madre! Perdóname güero, ya no merezco vivir...

*

Roldán y Lalo están postrados como manatíes enfermos en el suelo de la camioneta, que avanza a doscientos por una carretera mojada y vacía. Yo voy hilvanando los hechos, como los relatores de la conquista. Escupo al paisaje y el gargajo desvelado queda adherido por fuera a la ventanilla de atrás. Tengo la dentadura destemplada por el hielo que mordisqueo mientras un tejón desaparece debajo de las ruedas. Otra vida perdida. Todo y nada. Dolores artríticos entre mis coyunturas. Cómo quisiera estar hundido hasta el cuello en un baño termal, con el culito rojo y despellejado. Estoy añorando mi imposible jubilación, con nietos robándome las muelas postizas y un enfisema crónico que me haga toser en seco. El tata está dando el viejazo. Lo hubiéramos visto de joven, dice que era una bala sin destino; que cómo fue a sentar cabeza. Él sí aprovechó para darle vuelo a la hilacha. Cómo crees, si ahora no quiere ni sacar una cana al aire. Es por la edad, el cuerpo es su enemigo. Mamá, mi abuelo apesta a caca. Ándale, ve tú a cambiarle el pañal, que es tu padre. Dile a mi hermana, ella trae las manos limpias. Si vas a agarrar mierda, no a un bebé. Está bien, déjame ver. Ay papi, te zurraste todo. Mira nada más cuánto pellejo, ¿dónde dejaste tu pilín? De qué te ríes. Mejor ponte los dientes porque tus encías desnudas se ven muy feas ¿Hace cuánto que no se carcajeaba así? Pues qué le dijiste. Sepa, son locuras de chochito. ¿Verdad papá que ya se te sumió el pajarito? Ves, si con todo y eso, sigue siendo el mismo cachondo de siempre. Hubieras conocido a mi madre, que en paz descanse. La pita Martha, una santa mujer. Cosiendo todo el día, trapear y sacudir eran su diversión. Muchos dicen que cómo le gustaba el quehacer. Papito, cuándo vamos a visitar las cenizas de mami...

—Ya despierta, cabrón. Por poco y me haces chocar por andar cabeceando. Si ya no estás para estos trotes, güero culero. Mejor retírate. Aprende a mí, ¡lozanito!

—Oye Pablo, qué jodido el clima para un fin de semana ¿no crees?

—Sí güey. Todo nublado y mira nada más... pinche luna puerca, ¡ni se ve!

martes 9 de junio de 2009

XVI

—¡Tantito más fuerte y te deja loco!

—Si no lo hizo porque no pudo, esa putilla del rubor helado.

—Tranquilo, que no estoy seguro todavía de que te hayas salvado. ¡Eso de recitar poesía en el antro, con la maceta abierta, a las cuatro de la madrugada!

—¿A quién le debo la vida, pues?

—Si vas a pagar con cuerpomático... a mí. Nel, ocurre que ya llegó el equipo de salvamento por lo del ancla. Aquí no tengo ni alcohol, sólo que te pusiera whisky.

—¡Estas vendas me aprietan!

—Más guangas, se te escurren los sesos por la duela. Si hasta me aseguran que necesitas transfusión.

—¡Pinche Ríchar!, donde encuentre a la vieja le voy a poner una verguiza que se va a acordar.

—Ahí anda y está más espantada que tú. Le dije que entrarías en coma en una hora.

—¡Hiciste bien!, la voy a demandar por daños...

—Ya ni le muevas, porque me llevas de corbata a mí. Déjalo como está y arréglense entre ustedes. Hasta tuve que soltarle más billete a los socorristas, para que no denunciaran.

—Ni que me hubiera atacado con un arma.

—Aquí lo dice claro, “instrumento contundente”. Les compré el acta. Aí’ me la pagas luego.

—¡Estás pendejo!, si lo que yo quiero es acudir a las autoridades in-competentes.

—¡Ya pues! Va por mi cuenta, pero chitón.

Martha está que se orina del susto y yo finjo un desmayo. Deliro que me atacan para colocarle un buen puñetazo en la nariz, pero se aguanta. La deuda está saldada a los diez minutos, después que me ha brindado la mejor cogida de mi vida.

—Oye reinita, aquí entre nos... ¿dónde aprendiste tanto?

—Viendo películas. Un primo mío tiene videoclub. Puras tres equis.

—¿Y cómo se aguantaban para no terminar uno encima del otro?

—Sí hubo dos que tres arrimones, pero todo por detrás.

—Con razón te noté flojita y cooperando. Ya las tienes muy repasadas, pero te prefiero así.

—Lo cierto es que con trabajos me aguanto la tuya. Hasta me sacaste varios peditos.

—Ya decía yo que no era que roncaras. En una de esas, casi me tumbas. Tienes el escape abierto, como moto de chopper.

—¡Exageras!

lunes 4 de mayo de 2009

XV

—Ochenta pesos la de litro y medio… ¡salud, compadre!

El Ríchar ni se inmuta, le encantan los performances en vivo. Mínimo dos por noche. En la mayoría, el protagonista es su bucanero de cantina disfrazado como gente decente. A lo que hemos llegado, dijera mi madre que en paz descanse (porque ya pasan de las 2 a.m.) aunque cada quién la gira como puede. Ahí están aquellos travestis, ligándose al Sugus y sus amigos. Ahora sí les va a tocar maciza por kilo, como a Dora que en cuanto desmontó se dio a la fuga para arriba, sin darme la oportunidad de hablarle. Pablo está desaparecido. Martha ofrece tragos gratis de una botella larga de tequila que se está introduciendo recién al mercado nacional. Tiene nombre en español, pero lo traen de Japón. Dos mil pesos el pomo, ¡y así venden! Pinches malinchistas, se tragan las sobras masticadas de cualquier extranjero en cuanto diga en la etiqueta “imported from”. Mientras aplauden a mariachis de Venezuela o Cuba, desprecian a nuestros charritos autóctonos. Franquicias gringas de tacos insípidos que cuestan un ojo de la cara. John Gavin es Pedro Páramo, Brando como Zapata. Chile y maíz importados. Carne congelada de Texas, pollo de Kentucky. Réplicas en Sanborn’s de artesanía “mexican style”; ¡pero qué sed, carajo!, lástima que no haya Evian...

—¿Cómo ves, tigre? Me siento del nabo.

—Pues con razón, pero no fue para tanto... ¿y dónde andabas?

—¿C... cu... cuándo?

—Hace rato, como que te vi muy bien acompañada.

—¡Ah!, son unos compañeros del colegio.

—Pues en qué buen co...legio te han metido.

—Me late que todo lo dices en doble sentido...

—Nomás te aviso que me estoy guardando esta noche para ti.

—¡Pinche mentiroso!, ya te has de haber comido a más de tres. Como si no te conociera.

—De verdad, mírame. Sigue tiesa desde que llegamos.

—Tú siempre la traes parada... di qué se siente.

—Imagínate llevar el brazo estirado hasta que te gane el peso.

—¿Es así?

—Para nada, pero nomás imagínatelo.

—¿Cuándo vamos a hablar en serio?

—Cuando me acabe de morir, al día siguiente. No te preocupes, yo te busco.

Martha sigue trabajando y yo la miro distinto, con su colita más reluciente que antes. Ahora sí se me antoja porque conozco su secreto y ella no lo sabe. Es lo que llaman “poder”, que en efecto resulta ser el mejor afrodisíaco.

—¿No has visto a Dora?— pregunto con malicia.

—¿Antes... o después del show?

—Apenas, ahorita.

—Sé que se subió a la carrera, ¡pinche Pablo! ¡Pobre güey!

—Ni se te ocurra mencionarle nada, porque si no te mata él lo hago yo.

—Como que tienen una relación muy estrecha, ¿no?

—Síguele putita, te hablo al chile.

—¡Tú tampoco me vuelvas a llamar así!

—Pero por qué, si a ti te gusta loquear con cualquiera.

—Ya voy a cambiar, te lo juro.

—A mí no me prometas nada, vida... estamos en paz.

—Ya ves que todo lo tomas a broma. Hoy me ocurrió algo que jamás había pasado... (Comienza a llorar.) ¡Me violaron!

—¿Quiiéeen? ¿Cómocuándodóndeporquéconquiénpordónde?

—Aquí en el barco, esos chavos que viste.

—¡Tus compañeritos del colegio!

—¡Eso es mentira, yo ni los conocía!

—Pero tú dijiste...

—Me embriagaron... y entre los tres.

—Te digo que no exageres... ¡pinche Sugus!, se pasó (oops).

—¿Y cómo sabes tú que a uno le llaman Sugus?

—Me lo dijiste al principio, ¿no te acuerdas?

—No, si apenas me lo recordaste.

—Debe haber sido un lapsus brutus tuyo, porque así fue. Ya te dejaron con lagunas mentales... ¡Cómo estarían y cómo andarías!

—Se me hace que ya sabías, ¿verdad?

—Tienes razón, te vi acostándote con uno de ellos...

—¿Aquí, en público? ¡Y por qué no hiciste nada!

—Te veías tan contenta, que no quise quitarte ese gusto.

—¡Sos un cerdo desgraciado!

—¿Ya ves?, hasta te salió la vena sudamericana. Para la otra vas a terminar hablándome en francés, pero no me lo agradezcas de ese modo… ¡tú tan tierna siempre!

Me azota la espigada botella en la cabeza y siento enseguida la hemorragia, caliente. Vuelvo a tener sed, aunque el sabor de la sangre no me parece tan desagradable. Bebo de mí, como el vampiro en el que me han convertido. Giran las luces. La música me asorda. Huele a coágulos, como en las carnicerías de barrio. ¡Con qué chingones colores se han vestido los salseros! ¡Chidísima la luna!

jueves 2 de abril de 2009

XIV

Perdí mi pase o tal vez me lo robaron. De cualquier manera, no podré volver a subir si no encuentro a Dora. Ojalá se haya quedado cotorreando acá abajo. Lo que me conviene es buscar a Pablo, seguro que la ha visto. Pinche sed de la chingada… si fuera por mí, vaciaba el lago a buches. Treinta pesos la botella sí es bastante. ¡Que la... cabrones avorazados! No les voy a pagar tanto por medio litro, si lo que necesito es un galón. Ahí está el Pebbles chupando solo. No, como que se asoma un culito conocido bajo la mesa. Ni duda cabe que son las nalgas de Dora, suculentamente dispuestas. Si supiera que nos está dando espectáculo... a lo mejor por eso se cambió el chonino. A Pablo ya le tiembla la cuba sudada en su mano, pero sigue empinando el vaso. Hasta el fondo. Los gestos lo delatan cuando en su orgasmo tose sin control. A ver si no la ahoga, aunque es difícil; ese falito si acaso le servirá de mondadientes. Hay más lugar disponible dentro de su boca que en la panza de un porrón. Se asoma su cabeza desgreñada, con pringas de semen sobre el cabello. Lo abofetea y después se besan. Él hace muecas. Escupe.

—Para que sepas a lo que sabe tu polla, cabrón.

—No mames, te guardaste leche en los cachetes.

—Es tu premio de consolación. Ya no me vas a ver.

—No digas pendejadas, todo se arregla. El pinche güero te traía muchas ganas, le hiciste un gran favor.

—¿Quiéen? ¡Olvídate de ese güey! Lo que pasa es que me voy a casar...

—Pellízcame un güevo, porque no te creo.

—¡Pellízcatelo tú!, se acabaron los arrumacos entre nosotros.

—Me vas a decir que ese ruco te lo propuso, conociéndote...

—¿Qué es lo que tiene que saber? Tú no existes para él. Hasta te llama “penequito”.

—¡Pues qué le contaste! Pinche piruja lamevergas...

—¡Serás pendejo!, así le dicen en su tierra a los borrachos; pero qué bueno que se te salga el trauma... con tu porte, una esperaría un filete ¡pero apenas alcanzas pa’ pellejos!

No recuerdo que jamás, nadie, le hubiera hablado a él de esa manera; por eso su reacción es inesperada. Con un potente agarre de la nuca la empina contra el asiento acojinado y se baja la bragueta. Ella se carcajea, desatada. Todos voltean al sitio en el que ambos representan un cuadro absurdo. Pablo intenta masturbarse pero el miembro no le responde, por lo que su postura resulta más hilarante al sumergir un par de sus poderosos dedos de atleta entre los pliegues del sexo sumergido. Como esquivando cualquier contacto, el evasivo pene se enconcha y él no tiene más remedio que repetir la escena que fresca se revive en mi memoria. Sus testículos se balancean, de atrás hacia delante y a la inversa. La ensarta sin ariete, como un becerrito dando de topes en sus rotundas ancas que como afrenta se endurecen. ¡Encuéntratela y cógeme!, lo exhorta. Las risas arrecian y lo derriban como un golpe de granizo. Él comienza a gemir en el dolor de verse sometido por la jugosa grupa que se expande soberana alrededor del más tímido asomo de su verga, flaquita como espina. ¡Entiérrame el aguijón, canalla! Como expelido por ese llamado, el cantinero en acecho se desembaraza del estrecho pantalón de cuero y con un portentoso ejemplar en guardia lo abruma. Pablo cede su puesto al animal que se encaja con un arrebatado envión dentro del coño florecido. El fuelle alcanza pronto el punto más sensible dentro de la vagina, por lo que Dora se estruja, reculando con frenesí, hasta que un líquido viscoso y transparente le escurre por en medio de las piernas para untarse en la parte interna de esos muslos. Con ágil maniobra la voltea sin destrabarse del abrazo y embiste de frente, por lo que la danza del falo enhiesto se torna más pausada cuando en el bosque profuso de sus pubis henchidos los vellos se entrepelan. Le talla el inflamado clítoris con toscas maneras mientras que las dos figuras, en perspectiva, semejan una escultura de carnes amarradas. Las pantorrillas de ella, en alto, son banderas blancas que imploran rendición aunque el truhán forajido persiste en el asalto. Como un galeón pirata al abordaje, la cubre con su musculatura en contracción; tensando la ballesta que apunta exacto al centro de la diana, y acierta el tiro.

jueves 5 de marzo de 2009

XIII

Me asquea el olor de la laguna que confunde los hedores del cieno con fétidos vapores de algunos peces muertos y el lirio podrido, fermentándose allá abajo. Quisiera desatracar ya mismo el barco para empezar a navegar sobre las aguas distantes que por su brillo parecen alfombras de plata. Y como dijo aquel, chida la luna. ¡Pero si conozco al gerente!, lo pienso y me dispongo a sugerirle abandonar el apestoso muelle que comienza a provocarme calosfríos, como la sed. Lo descubro en la barra, platicando con el cantinero que se ha abierto la camisa para mostrar el pecho tatuado con alacranes enfrentados. La lucha parece desigual, porque el de la izquierda es más grande y su aguijón, el doble de alargado.

—¿Qué onda güero? Así lo quieres o te lo envuelvo para regalo.

—¿De qué hablas, Ríchar? (El puto se llama Ricardo, pero le gusta que le hablen en gabacho.)

—Se ve que ya te gustó mi barman.

—Saco, es que su tatoo está chingón.

—Se lo hizo en Mayami.

—¿Dónde es eso, en el oriente?

—No güey, en Mayami Iunait Esteits.

—Ah, Miami. De donde son los delfines.

—Mira que andas prendido, ya no te metas porquerías porque luego te acostumbras.

—Si me acostumbro, tú te desacostumbras. ¡Está heavy el trabalenguas que se me ocurre!, luego te lo enseño.

—Qué pues, güey, qué te trae por acá.

—Una puta amiga mía, la has de conocer. Es Dora.

—¿Es la pequeña o su mamá, la mama...dora?

—Créeme que ya ni sé...

—Así andarás.

—Bueno, yo conozco mi cuento. Te buscaba para preguntar a qué horas levan el ancla.

—Es en lo que estábamos, pero se atoró en el fondo cenagoso.

—Faltaba más, ¿y ora?

—Ya llamamos a los socorristas del ERUM. Esos güeyes hacen de todo por una lana.

—Está bueno. Por cierto, me acordé que a tu hermana un amigo mío le dice “mamá”.

—¿Y eso?

—Es que cuenta que le conoció el chiquito.

Al Ríchar me lo presentaron aquí, en una peda hace varios años. Era apenas auxiliar de contabilidad. Todos sabemos que tuvo que aflojar las nylons para dar el brinco a la gerencia, aunque él niega que le guste la mazacuata. Me parece que no ha querido salir del closet porque su padre es militar de alto rango. La primera vez que lo vi, me comía con la mirada; aunque la verdad no quise apartarme mucho porque lo acompañaba una morenaza de fuego que al final me enteré que era la dichosa “mami”. La historia es cierta, por lo que no puedo perdonarme la indiscreción; pero hasta luego aproveché la idea para mandar hacer unas playeras que vendí con la leyenda “El chico de mamá”.

—¿Y cómo está, por cierto?

—¿Vas a comenzar?, porque este güey también es mi guarura.

—Pues dile que cuando te cuide las espaldas, se abstenga de picarte... con esos alacranzotes.

—Me cae que te estás pasando de lanza, lo advierto.

—Ya pues, es que traigo mucha sed. Pásame una botella de agua, plis.

—Sí cómo no, son treinta pesos.

—Paso, allá arriba las regalan.

—Pues regrésate, porque lo mío es el negocio. Para eso me pagan, ¿qué no?

martes 3 de febrero de 2009

XII

—¿Qué le están haciendo a mi hermanita?

—No bro, aquí nomás pasándola...

—¡Pero pasándosela entre ustedes, pinches cochinos!

—Seguro que no carnal, estamos conviviendo.

—Será con... bebiendo. A ver, déjame olerte la mano.

—¡No mames, qué pasó!

—Presta o te la parto en dos, cabrón. Pues sí, esto apesta a su cosita, ¿qué puedes agregar al respecto?

—Nomás fue un cariñito.

—Cuál, si hasta hongos te van a salir, hijo de la chingada. ¿Qué no sabes que carga gonorrea? Cómo la conociste.

—Fue Paco quien me la presentó y aseguró que sí aflojaba...

—No mames, pinche Rico. Yo sólo comenté que... como que no era tan apretada.

—Pues ya se jodieron, chavos. Papá me la encargó mucho y ahora qué le digo.

—Sale pues, sí fuimos nosotros; pero ella empezó.

—Sí, dijo que un cabrón no la pelaba y que “lo que quisiéramos”.

—¿Y cuánto les cobró?

—No, cuál... de a grapa. Nomás el chupe.

—Ahí sí que no, ésta cobra carito. ¿Cuánto traen?

—No, nada... no somos de aquí.

—Por eso no saben. En esta región, o pagan o los mandamos de bucitos.

—¿Qué es bucitos?

—¡No preguntes, güey!

—Está bien, para que sepa. Bucito le decimos al que acaba echando un salto por la borda... ¡con una cadena alrededor del pescuezo!

—Te dije que no preguntaras, pinche Sugus.

—A mí se me hace que este cabrón del Sugus se la comió primero, ¿no chavos? Por algo tiene de apodo ese nombre de chicloso.

—Sepa, el pinche Sugus es medio joto.

—¡No soy joto, güey! Pero yo no le hice nada, señor… ¡por ésta! (hace cruces)

—¡Ahí sí no te metas con la religión, que eso sí me enchila! Mejor cáiganse con unos fierros...

—Sale, pinche grandulón. Pa’ mí que ni es tu hermana.

—Ora zotaco nalgasmeadas, ¿qué me das si te lo demuestro?

—Pues nomás por el gusto, ai’ te van doscientos varos.

—Pinche muerto de hambre, pero va. Esta vieja tiene un lunar de corazón bien adentro del ano.

—Yaaa, y cómo le hacemos para ver.

—Pues dale la vuelta y bájale la tanga.

—Nel, no me animo...

—¡Yo sí!

—Sale, pero cáete primero con la lana.

—Todos queremos ver...

—Son doscientos por piocha el cover.

—Pues me lanzo, no hay tos.

—Órale Sugus, yo te presto si no traes.

—Un momento, el Sugus no paga. Venga papacito, ora que hay. ¿Qué te parece, rey? Mírala bien, ¿ya le viste su colita? Asómate más, tiéntale el coño. Suave, ¿no? Aprovecha la oferta, pajarito. Dale un beso, ahí nomás. Chiquito, no te pases. A qué te sabe, ¿a “Sugus”? Pero será de papaya o de mamey, ja. Déjala, anda bien cuete la pobrecita. Así gime cuando le gusta, tú síguele. Ay cabrón, ya agarraste vuelo ¡pero va! Para que no digan que se te cae la mano, y ustedes vean putitos, ¡el Sugus le está dando un santo cogidón! Espérate, no te espantes. ¡Ya ven güeyes!, les dije que era quinto mi hermanita...

lunes 12 de enero de 2009

XI

En la plataforma superior del barco, cerrada para la mayoría de los asistentes, la fiesta está más prendida. Ahí encuentro a Dora amancebada con su jefe, un cuarentón que luce de vaquero: jeans, chamarra de mezclilla y botas picudas. El sombrero lo trae ella, encasquetado de tal forma que le cubre la frente hasta casi tapar sus ojos. En la descomunal mesa del fondo se exhiben grandes cantidades de fruta fresca, ocho vitroleros con agua de sabor e incontables botellitas del mismo líquido en estado natural. Roldán y Lalo sostienen sendos chupones en la boca mientras danzan con frenético vigor al ritmo de los monótonos golpeteos de una mezcla de tecno con norteñas.

—Qué les pasa, cabroncitos... se van a cruzar bien gacho.

— No marches güero, mejor haznos el paro y consíguete unas viejas.

—Consíganselas ustedes, no sean zánganos.

—¿Ya viste el pinche color de la noche, qué chingón?

—¡Ora güey, si está bien oscuro!

—N’hombre, asómate nomás para allá arriba. Chida la luna...

—Inviten pues, para estar parejos. O cómo le hago.

—¿Ves aquella china? Nomás arrímatele, pero no le hables muy fuerte porque tu voz resuena de a madres.

Dora desciende a la planta baja y yo la sigo, husmeándola por el olor que expele a semejanza de un refinado sabueso. La música me estruja con cada beat, como si mi cuerpo mismo fuera un instrumento de percusión. En el pecho me laten los tambores de un grupo de salsa que participa como la variedad de la fiesta, a la que se han sumado casi cuatrocientos invitados desde que llegamos. Tanta gente impide que la alcance, pero el roce continuo de la multitud comienza a excitarme, al grado que me encojo y aprovecho para meterle mano a cuanta nalga parada encuentro en mi camino. Elijo al grupo más compacto que hace ronda a la orquesta para encajar las uñas en su carne a placer. Mi estatura me ayuda con los novios celosos, que sólo atreven una mirada de incriminación mientras que yo me agasajo con sus tortitas, las cuales no aparentan ningún perjuicio. A muchas les hace falta una buena zarandeada, lo noto por la disposición que demuestran al acomodarme en su retaguardia, recargándosela sin mayor pudor. Si se mueven conmigo, atrevo un abrazo por la cintura que inevitablemente deviene en cachondeo cuando inclinan la cabeza hacia atrás, invitándome a continuar con el aroma de sus cabellos. Acompaso el movimiento de nuestras caderas hasta concluir la pieza con los dedos entumecidos y húmedos por su incipiente venida que nunca me permito culminar. Esto ocurre en cuatro ocasiones hasta que mi aguzado olfato me conduce hacia un rincón en el que Martha exuda feromonas a mares, acorralada por tres imberbes quienes le dan de beber tequila a bocajarro.